La tienda de doña Rosa estaba —está todavía , aunque parezca mentira — en una esquina de San Marcos donde la calle se empina tanto que los carros suben resoplando. Era tan angosta que cuatro clientes bastaban para llenarla. Tenía un mostrador de madera , una balanza que había conocido tiempos mejores y , al fondo , unos estantes donde convivían sin pelearse el pan , las velas, el arroz al granel, los caramelos de leche y un frasco de canicas que nadie compraba nunca . Debajo del mostrador , envuelto en una funda de plástico , doña Rosa guardaba el cuaderno de los fiados.
En 1999, el año en que los bancos cerraron sus puertas y a mi papá lo despidieron de la fábrica , yo tenía ocho años y bajaba a la tienda todas las mañanas con una frase que mi mamá me había hecho aprender de memoria : «Dice mi mami que me dé fiando una leche y seis panes, que el sábado le paga ». Doña Rosa no preguntaba nada . Mojaba la punta del lápiz con la lengua , abría el cuaderno por la página de los Andrango y apuntaba la cifra en sucres, con una letra redonda y lenta , de escuela . Después me alcanzaba la funda del pan y , si nadie miraba, me regalaba un caramelo de leche .
Los sábados llegaban y se iban, y la cifra crecía. En casa nadie hablaba de ella , mas yo sabía que estaba ahí , del mismo modo que uno sabe que lleva una piedra en el zapato aunque no la vea . Por las noches, mientras mi papá leía en voz alta los avisos clasificados como quien reza una novena , mi mamá decía sin levantar la vista del plato : «Dame pasando la sal , mijo». En nuestra casa , aquello era una manera de decir que no pasaba nada .
En el año 2000 el sucre dejó de existir y el país empezó a contar en dólares. Como tantas familias del barrio , nos fuimos a España. Apenas hubo cerrado mi mamá la última maleta , me mandó a la tienda con un sobre . Doña Rosa lo abrió , contó los billetes —eran pocos , ahora lo sé —, los devolvió al sobre y me lo puso en la mano . «Esto es para el viaje », dijo . «Y no me vayas a llorar en el avión , guagua, que allá arriba no hay quien te regale caramelos». Fue la última vez que la vi .
Volví veinticinco años después , una tarde de noviembre , en vísperas de Finados. Quito olía a colada morada y a pan recién horneado, y la neblina bajaba del Pichincha como si alguien la hubiera soltado a propósito . La tienda seguía en su esquina , más pequeña de lo que yo recordaba, o quizá era yo el que había crecido. Detrás del mostrador , un muchacho con audífonos levantó la vista del celular .
—¿Qué fue ? ¿Qué necesita?
Antes de que pudiera contestarle, se abrió la cortina del fondo y apareció doña Rosa , encorvada, con el mismo delantal de cuadros.
—¡Achachay, qué frío que hace ! —dijo , frotándose las manos. Luego me miró un buen rato —. ¿Tú no eres el guagua de los Andrango? Pasa no más , pasa , que te vas a congelar .
Le dije que sí , que venía a pagarle. Se rio con una risa que le sacudió el delantal.
—¿A pagarme qué , mijo?
—Lo del cuaderno , doña Rosa . Lo de 1999.
No contestó. Le pidió al nieto que le diera pasando el cuaderno —seguía debajo del mostrador , envuelto en otra funda — y lo abrió con un cuidado de misal. Fue pasando las hojas despacio . Allí estaba el barrio entero : los Toapanta, la señora del zapatero , el profesor Mejía, la viuda del segundo piso . Casi todas las cuentas estaban tachadas con una raya diagonal y , junto a cada raya , con la misma letra de escuela , una sola palabra : «Perdonado».
La página de los Andrango era la última . La cifra , en sucres, era una de esas cantidades larguísimas que ya no significan nada . La raya la cruzaba de lado a lado , y debajo decía : «Perdonado. Que les vaya bonito en España. Marzo de 2000».
—Esa plata ya no existe —dijo doña Rosa , y cerró el cuaderno —. Y lo que no existe no se paga . Si quieres hacer algo por mí , dame pasando ese banquito y siéntate , que ya mismo caliento la colada . Hoy es víspera de Finados y no tengo con quién tomarla.
Tomamos sendas tazas de colada morada , espesa y humeante, y comimos guaguas de pan mientras afuera caía una garúa finita . Me preguntó por mi mamá ; le conté de Murcia, del trabajo , de mis hijas. Cuando me fui , ya de noche , dejé debajo del frasco de las canicas el sobre que había traído . Quienquiera que lo encuentre sabrá qué hacer con él . En esa tienda , ahora lo entiendo , las deudas nunca fueron cosa de plata .