Abelardo Rojas subió los ciento cuarenta y tres escalones del cerro como lo había hecho cada mañana durante cuarenta y un años: a pie , despacio , saludando a los perros por su nombre . Nunca había usado el ascensor para llegar al trabajo . Le parecía una falta de respeto , como un cocinero que se sirviera primero .
A las siete menos cuarto abrió la caseta , encendió la radio y , antes que nada , engrasó la polea . Afuera la neblina todavía no se decidía a soltar la bahía . Era su último día . La municipalidad había anunciado que el ascensor Las Golondrinas cerraría para una restauración que duraría dos años, o tres , o los que fueran, y que cuando volviera a abrir funcionaría solo , con botones, cámaras y un lector de tarjetas. Nadie le había preguntado su opinión , y él tampoco la había dado .
Las dos cabinas, la verde y la roja , se cruzaban a mitad de la pendiente como dos comadres que se saludan sin detenerse . Él las llamaba la Esperanza y la Remedios, aunque nunca se lo había confesado a nadie . La Remedios era más lenta ; los días de lluvia se atrasaba un poco , y había que esperarla con paciencia , igual que a una persona mayor .
La primera en subir fue , como siempre , la señora Rosa , con la bolsa del pan apretada contra el pecho .
—Así que hoy es el día —le dijo , sin mirarlo, porque ninguno de los dos sabía despedirse .
—Así parece.
—Al tiro le traigo unas sopaipillas, don Abelardo. Usted no se va de aquí con el estómago vacío .
A las ocho y diez apareció Matías, el nieto de los Valdivia, corriendo por el pasaje con la mochila abierta .
—¡Espere, don Abelardo! ¡Si no bajo ahora , se me pasa la micro !
Abelardo sostuvo la palanca , como tantas otras mañanas, y la Esperanza esperó. Matías se coló en la cabina con el último aliento y se asomó a la puerta antes de que se cerrara.
—Oiga , ¿y mañana quién me va a esperar a mí ?
—Mañana no hay ascensor , Matías. Lo cierran por dos años, ¿cachai?
—Por eso le digo . Va a ser como si cerraran el cerro .
Abelardo no supo qué contestar . Lo vio bajar pegado al vidrio , diciéndole adiós con la mano , y pensó que en cuarenta y un años nunca había dejado a un niño en tierra . ¿Quién iba a esperarlos ahora ? ¿Los sensores? ¿Y qué sensor iba a saber que la Remedios se atrasaba cuando llovía, o que la señora Rosa necesitaba diez segundos más para subir la bolsa del pan ? Ninguno . Los sensores no saludaban a nadie .
Durante el día subieron y bajaron los de siempre y algunos que no lo eran: dos turistas que fotografiaron la caseta como si fuera un museo , un cartero , una pareja de estudiantes que se besó en la cabina creyendo que nadie los miraba. A mediodía , la señora Rosa cumplió su palabra y le trajo las sopaipillas, todavía calientes, envueltas en papel de diario .
A media tarde llegó la ingeniera de la municipalidad , una muchacha de casco blanco y tableta en la mano que se presentó como Camila Fuentes. Revisó los cables, tomó notas y , antes de irse , le preguntó qué pensaba hacer ahora .
—Bajar al plan —dijo él —. Y mirar el mar desde abajo , que nunca lo he mirado.
Ella se rio , pero él hablaba en serio . A las nueve , cuando el último vecino hubo llegado arriba , Camila, que había vuelto sin que él lo notara, le ofreció algo que nadie le había ofrecido nunca : manejar ella la bajada final para que él fuera, por una vez , pasajero .
Abelardo dudó un momento . Después se sentó en la Remedios, junto a la ventanilla , con las manos sobre las rodillas, como un niño el primer día de escuela . La cabina se estremeció, crujió como siempre crujía al arrancar y empezó a bajar . Desde allí la ciudad parecía otra : los techos de colores, la ropa tendida, los perros que no sabían que él se iba . A mitad de camino se cruzó con la Esperanza , que subía vacía , con la luz encendida.
Llegó abajo a las nueve y cuarto . Por primera vez en cuarenta y un años había bajado al plan sentado . Se quedó un rato frente al mar , que efectivamente era distinto desde allí , más grande y menos suyo , y después echó a andar hacia la parada de la micro . Esta vez , pensó, le tocaba a él esperar .