En Buenos Aires nadie va al café a tomar café . Se va , en todo caso , a lo que el café permite: quedarse . Quien haya vivido en un departamento de dos ambientes sabe que la casa porteña termina, más o menos , donde empieza la heladera, y que la vida —esa que necesita espacio para estirar las piernas, recibir a un amigo o discutir con el diario — tiene que buscarse un lugar afuera . Ese lugar , desde hace más de un siglo , es el café de la esquina , cuyas mesas han sobrevivido a más crisis de las que cualquier economista sabría enumerar .
El tiempo del café no se mide en horas sino en cortados. Un cortado —un café apenas manchado con leche , servido en jarrito— da derecho a una mesa durante toda la tarde , y nadie , ni el dueño ni el mozo , osaría sugerir lo contrario . Si bien no figura en ningún reglamento , rige un pacto tácito según el cual el cliente puede leer , escribir , dormitar o mirar llover sin que nadie le traiga la cuenta , a menos que la pida . De existir una constitución del café porteño, su primer artículo rezaría así : la cuenta no se ofrece; se solicita. Pedirla antes de tiempo , por lo demás , sería casi una descortesía, como levantarse de una mesa ajena mientras el anfitrión todavía sirve el postre .
Luego está el mozo . El de mi café —un café de Almagro cuyo nombre me reservo, no vaya a ser que se llene de turistas— se llama Rubén, lleva treinta y dos años detrás del mismo mostrador y jamás anota un pedido , lo cual no le impide equivocarse bastante menos que cualquier aplicación . Rubén sabe que el señor de la mesa cuatro toma la lágrima tibia , que la chica de la ventana pide medialunas de manteca y nunca de grasa , y que yo , por más que finja estudiar la carta , terminaré pidiendo lo de siempre . La primera vez que me lo trajo sin que yo se lo pidiera, sentí algo parecido a lo que se siente cuando un amigo se acuerda de nuestro cumpleaños : pocos gestos hay tan pequeños y tan elocuentes.
Una mañana de diciembre , en plena época de exámenes, entré con cara de no haber dormido . Rubén me miró por encima de la bandeja .
—Vos tenés cara de final —dijo , sin que yo le hubiera contado nada —. Vení, sentate al lado de la ventana , que ahí hay mejor luz . ¿Querés el cortado de siempre o hoy preferís una lágrima , para los nervios?
—El cortado , Rubén. Pero doble .
—Doble no hay . Te traigo dos —respondió, como quien enuncia una verdad filosófica .
Aquella mañana estudié cuatro horas con dos cortados y una medialuna que no recuerdo haber pedido . Cuando por fin me levanté, Rubén me despidió con un «Andá tranquilo , que lo sabés» que todavía hoy me parece la mejor clase que recibí en toda la carrera .
Pero el café no es solo el mozo ; es , ante todo , conversación . En la mesa del fondo , la de los habitués, se discute de fútbol con la solemnidad de un parlamento y de política con la pasión de un clásico . Allí pasa las tardes don Aldo, viudo desde hace años, porque en su casa , según dice , «el silencio hace mucho ruido ». Fue él quien , viendo a un chico que estudiaba solo , lo llamó un día con un gesto : «Vení, pibe, sentate con nosotros , que solo no se aprende nada ». El chico se sentó, y aun cuando ya se recibió de abogado y no le queda nada por estudiar , sigue viniendo todos los jueves .
Por mucho que las cadenas de café para llevar se multipliquen por doquier, con sus vasos de cartón y nuestros nombres mal escritos, dudo que logren reemplazar esto . Mas no se trata de nostalgia , sino de una manera de habitar la ciudad . Un vaso para llevar presupone que uno tiene adónde ir ; una taza de loza, en cambio , presupone que uno ya llegó. Si algún día cerrara el café de mi esquina , no perderíamos un negocio , sino una sala de estar compartida con desconocidos, lo cual , bien mirado, es una de las formas más civilizadas de la intimidad .
Hace poco volví al barrio después de dos años en el extranjero . Antes incluso de pasar por casa , me senté en la mesa de siempre . Rubén se acercó, me observó un instante , como quien comprueba que un cuadro sigue colgado donde lo dejó, y me hizo la única pregunta que importaba:
—¿Lo de siempre ?
Comprendí entonces que el hogar es eso : un lugar donde alguien recuerda lo que uno pide , aunque uno haya pasado años sin pedirlo.